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El año de la victoria (*)
Eduardo de Guzmán
Eduardo de Guzmán (Villada, Palencia, 1908-Madrid, 1991) fue novelista y periodista. Vinculado a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), fue condenado a muerte en 1940 y posteriormente indultado. Tras su puesta en libertad se ganó la vida como autor de novelas de género y traductor. El año de la victoria es su testimonio del campo de concentración franquista de Albatera (Alicante).
Sentado en la maleta, recostado contra uno de los almendros, cierro un momento los ojos. Durante varios minutos oigo a los que hablan a mi alrededor. La charla tiene poco de nuevo o interesante. Una vez más, como tantas durante los últimos días, quienes comentan dan vueltas al mismo tema —nuestro inmediato futuro—, con los mismos pronósticos y argumentos que estoy cansado de oír. Poco a poco, tengo la sensación de que las voces van alejándose, mientras me gana una modorra producto lógico y natural del sueño atrasado. Cuando abro de nuevo los ojos siento un molesto cosquilleo en el estómago.
—¡Buena siestecita, antes de comer! ¡Y que no has roncado ni nada...!
—¿Roncar?
—Tanto que oían el concierto hasta en la carretera. ¡Y así dos horas largas...!
Creo que exageran tanto en los ronquidos como en la duración del sueño. Pero en esto último, cuando menos, deben decir la verdad, porque al mirar el rejoj compruebo que son ya las doce y media de la mañana. Me incorporo con cierta dificultad porque lo incómodo de la postura ha entumecido mis piernas. Protesto mientras me desperezo. ¿Por qué no me han despertado?
—¿Para qué? Mientras duermes, no sufres.
—NI te das cuenta del hambre.
—Muevo la cabeza en gesto negativo. Admito que el sueño nos libra momentáneamente de inquietudes y zozobras; pero no del hambre. La prueba es que experimento con más fuerza que hace unas horas la aguda sensación de vacío en el estómago.
—Pues temo mucho que las sigas sintiendo despierto. Porque como no quieras comer almendrucos tendrás que continuar en ayunas.
Me tienden un almendruco, que me llevo a la boca. Hinco los dientes en la primera cubierta verde y amarga. El sabor tiene poco de agradable. La tiro para comer la parte carnosa interior, lo que será la almendra, todavía a medio cuajar. MIs compañeros, que han debido comer varias durante mi sueño, ríen burlones.
—Cómete la envoltura también, aunque esté amarga. Es posible que alimente algo y en cualquier caso llena un poco el estómago.
—¿Es que no hay comida?
Todos niegan a un tiempo. La tarde anterior, al salir del puerto, les dijeron que al llegar al campo repartirían unas raciones de rancho; al entrar allí repitieron la promesa, pero tanto en una como en otra ocasión la promesa se quedó en serlo.
— Ahora dicen que nos facilitarán rancho en frío, pero son más de las doce y no hay la menor señal de que vayan a hacerlo.
—¿Y ellos?
Los soldados cenaron anoche, desayunaron esta mañana y volvieron a comer hace media hora. Nosotros seguimos esperando.
—Y consolándonos con esto.
Esto son los almendrucos. Me fijo entonces que han puesto una manta en el suelo para recoger los que caen de los árboles cuando sacuden las ramas. Al mirar alrededor compruebo que están haciendo lo mismo con todos los almendros.
—No les hagas muchos ascos —le aconseja Aselo— porque dentro de dos horas no quedará ni uno.
Probablemente tiene razón. Las envolturas están amargas al masticarlas, pero consuelan un poco al caer en el estómago. Como con creciente apetito los cinco que consigo. Mientras lo hago, pienso que llevo catorce o quince horas sin probar bocado y fue muy poco lo que comí en días precedentes. En realidad, desde la noche del martes no he hecho una comida decente y ya estamos a sábado. Lo mismo les pasa a los muchos miles de personas que llenamos el campo.
—¡Cualquiera sabe cuándo nos darán de comer, si es que piensan que comamos algún día!
En previsión de que esto suceda, los propios presos se han organizado entre la noche y esta mañana, dividiéndose en centurias. Si llega el rancho, el jefe de cada centuria con un par de ayudantes bajará hasta la carretera para recoger las correspondientes raciones.
—Allí, en aquella casa, tienen instalado el puesto de mando. Supongo que habrá que ir allí a recoger la comida.
Pero la comida continúa sin aparecer, aunque llevamos largas horas esperándola. Cada vez que aparece un camión en cualquiera de los extremos de la carretera, muchos se hacen la ilusión de que venga cargado de provisiones. Por desgracia, los camiones cruzan sin detenerse por delante del campo. O si se detienen es para descargar un grupo de prisioneros, capturados en algún lugar cercano, que vienen a incrementar el número de los que estamos dentro.
Sin embargo, la casi totalidad de los prisioneros vienen a pie. Bien custodiados, pero andando. Llegan en grupos, sin armas, con aire cansado y gesto ceñudo. Muchos son soldados u oficiales procedentes de alguna unidad disuelta al producirse la desbandada de los últimos días; otros, vecinos de los pueblos de la provincia detenidos apenas las nuevas autoridades tomaron posesión de sus cargos; no faltan tampoco los evacuados de Madrid, Extremadura o Málaga apresados en el camino de vuelta a sus respectivas localidades. Todos dicen lo mismo:
—Llevamos horas caminando y días enteros sin probar bocado.
Pensamos inevitablemente en los sacos de lentejas apilados en los muelles de Alicante, suficientes para alimentar a una provincia entera durante diez o doce días. Que no hubiesen sido sacados del puerto antes de nuestra llegada tiene la fácil explicación de la derrota y la completa desorganización que es su inevitable acompañante, especialmente cuando muchos de los trabajadores portuarios debieron marcharse, seguramente, en los mismos barcos que trajeron las legumbres.
—Pero, ¿por qué no lo han hecho ya los que ganaron la guerra?
—Acaso —dice Amil, delegado de transporte en alguna ocasión crítica y difícil durante la guerra— porque contra lo que hasta hoy dábamos por descontado no están mucho mejor organizados que nosotros.
Son muchos los que empiezan a pensarlo así, viendo el completo desbarajuste del tráfico en la carretera que tenemos a la vista. Aunque se trata de una ruta nacional importante y su conservación es bastante buena, se producen en ella constantes atascos. Coches, camiones o camionetas que se dirigen a Alicante chocan con los que quieren marchar hacia Denia, Gandía y Valencia. Son frecuentes los intentos de adelantamiento y las averías y paradas más o menos caprichosas que interrumpen la circulación. Es inútil que algunos soldados procuren encauzarla, porque otros militares o paisanos que van al volante de los vehículos no les hacen demasiado caso. Incluso, con alborozo y diversión de los prisioneros que las presencian desde el campo de reclusión, son frecuentes las peleas personales entre conductores malhumorados.
—En todas las guerras, y lo sé por muchos franceses que participaron en la europea —dice Antona, que ha vivido varios años al norte de los Pirineos—, todo el mundo piensa que los éxitos del contrario se deben a una superior organización que le permite un mejor aprovechamiento de sus recursos. Nosotros lo pensamos con doble motivo, porque hemos sido vencidos, aunque es posible que esa superioridad sólo exista en nuestra imaginación.
—Lo sentiría —tercia Aldabe, silencioso hasta este momento—. Porque si nuestros defectos contribuyeron a la derrota, los del enemigo pueden tener para nosotros consecuencias tanto o más calamitosas.
—¿Cuáles?
—Que, sin proponérselo de una manera deliberada, acaben matándonos de hambre. (...)
(*) El año de la victoria recibió en 1975 el Premio Internacional de la Prensa. El fragmento ha sido reproducido con permiso de la editorial.
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