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columna
vámonos comunicando
víctor claudín

diciembre de 2006

Palabras bajo el mar

España es un país que edita en exceso. Que edita todo de todo; pero, tal vez por eso mismo, uno no entiende cómo muchos de los libros han sido elegidos para ver la luz. Uno va leyendo y, bueno, va encontrando libros que no están mal, libros de autores que te ofrecen lo que esperabas de ellos, me refiero tanto a la calidad como al fraude. El lector también puede tropezarse con gratas sorpresas con las que no contaba. Refiriéndome a lo que publican los contemporáneos españoles, y para no irme demasiado lejos, puedo decir que en los últimos tiempos recuerdo con sorpresa gratificante, incluso emocionada, las novelas de Albert Sánchez Piñol La piel fría; de Ricardo Rodríguez La moral del verdugo; de Isaac Rosa El vano ayer; de Juan Ángel Juristo Detrás del sol; o, por supuesto, El niño de los coroneles, la novela que difundió con notoriedad el nombre de Fernando Marías, de la que no puedo olvidar su efecto en mí a pesar de ser la más distante en el tiempo. Y son sólo algunos ejemplos, porque aunque he comenzado de manera pesimista, realmente, haciendo recuento, se encuentran buenas novelas en la actualidad, y para todos los gustos, de los clásicos, de los que están a punto de serlo, y de los novísimos.

Pues en esa línea me he encontrado ahora con una obra de la que no tenía referencias previas, cuya lectura he comenzado con el escepticismo habitual, y de la que me ha ido ganando todo: la atmósfera, los personajes, el decorado, las tramas secundarias, la historia, algunos momentos... todo. Me estoy refiriendo a Palabras bajo el mar, de Fernando Trías de Bes. Una novela deliciosa que me ha llegado a emocionar en varios momentos y que automáticamente he situado en el anaquel que dedico a los grandes narradores, a los escritores de verdad.

Fernando Trías de Bes nació en Barcelona, es colaborador habitual de El País Semanal, y tras un puñado de relatos en tres volúmenes, también en coautoría, ésta es su primera novela, que presenta como el inicio de un ciclo que tendrá como elementos comunes el amor inalcanzable y la música.

Algo que también sucede con algunas novelas es que resulta muy difícil hacer su sinopsis; sí, la tiene, no es que se trate de algo que no pueda contarse, pero si lo haces, estás limitando su enormidad; estás, tal vez, coartando la libertad de que el lector sienta todo el torrente de sensaciones que puede despertar su lectura personal. Sin embargo, algo hay que decir para situar a quien no conoce el libro.

Alguien regresa al páramo veinte años después porque Manuela ha muerto. Y en ese instante mira hacia atrás y comienza a contarnos su historia, que es también la historia de su padre y de su abuelo, sobre todo. Ahí es cuando el narrador -aquel niño- nos introduce en las historias de fracasos, como son las de ellos. La de su padre, porque, decidido a escribir el poema más bello jamás escrito, lo pierde todo, hasta el extremo de consolarse con la dádiva de su antecesor de llevarlos a la vieja casa del páramo. La del abuelo, porque en el momento cumbre de su vida, cuando todo pudo ser excelso, sublime, el mundo se derrumbó, la vida se le detuvo para que el desastre le abordara sin remedio.

Pero el relato tiene momentos vibrantes, apasionantes. Es un relato que no tiene mucho que ver con el costumbrismo; aunque cuente con algunos elementos de él, más bien tiene poderosos ecos del realismo mágico.

Terminé la novela en un avión, en un mal viaje de esos en los que el miedo te cuece y mentalmente haces el testamento. No me abandoné a oraciones inútiles porque delante tenía un puñado de páginas sabrosas de las que me gustaría encontrar más en las mesas de novedades de las librerías. Creo que eso lo dice todo.

Y al mismo tiempo me dio lástima que su autor fuera colaborador de El País y lo haya editado la misma empresa, porque corre el peligro de convertirse en un nuevo hartazgo al estilo Manuel Rivas, a quien convirtieron en escritor para todo y lo quemaron. Espero que Fernando Trías de Bes sea más listo y no consienta que le machaquen su capacidad fabuladora.