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columna
panta rei
josé marzo

diciembre de 2006

Metaliteratura

Desde hace décadas a la literatura se le han ido quitando capas como si fuera una cebolla. Se le quitó la capa de la política, pues la política y la literatura son cosas distintas, como todos sabemos. También se le quitó la capa de lo histórico y de lo social. Y de lo documental y de la biografía y de lo ético...

Había un objetivo de aspecto saludable, el de restituir a la literatura el señorío de sus dominios. Ni una novela ni un poema son mejores por el asunto que tratan, ni por sus argumentos, ni por la virtud de sus intenciones. Había que encontrar aquello que convertía a la literatura en una obra de arte. Y así se fueron quitando capas, hasta quedarnos con un corazón de cebolla blanco y limpio, pero insípido. ¿Era mejor ese corazón de cebolla que no trata de nada y que no sabe a nada que una vieja y dulce cebolla entera?

En esta exploración de la literatura autosuficiente se pareció llegar a la conclusión de que no había mejor literatura que aquella que se embelesa ante el espejo, como esas pescadillas onanistas que se muerden la propia cola antes de morir de placer. La metaliteratura, o literatura que trata de literatura, iba a elevarnos a los cielos de la estética. Si se hacía una novela, había que citar a media docena de autores raros y exquisitos, que destacaran por haber citado en sus obras a otra media docena de exquisitos. Fuimos elevados a los cielos, es cierto, pero nos faltaba oxígeno, porque allí donde muchos respiran el mismo aire, éste acaba por enrarecerse. Nos aburríamos.

Si el tema y el argumento no hacen buena a una narración, se planteaba la siguiente duda: ¿bastaban para convertirla en mala? Los temas políticos o sociales no decidían que una novela fuera válida, pero a algunos les sobraban para condenarla a la piscina de su desprecio. Aquí había trampa, alguien argumentaba con las cartas marcadas, ¿verdad? Y unos pocos lo sabían y lo decían, pero qué importaba, ni siquiera estaban invitados a sentarse a la mesa.

No es la metaliteratura lo que ha hecho tanto daño a la literatura. Existen buenas obras metaliterarias. Fue su pretensión de imponer sus temas y tópicos como modelo único, desterrando lo demás al limbo de lo no literario, de la subcultura. Creyendo defender las virtudes de la forma, negaba como dignas de arte aquellas formas cuyos contenidos se aventurasen demasiado lejos de las estrechas fronteras de lo autorreferente.

En la práctica, tal como me explicaba un crítico literario, ha sido un "género gremial": los escritores hablaban de escritores y se quitaban unos a otros la caspa de los hombros; cada uno aguardaba a que el otro terminase de leerle en voz alta el poema recién escrito para recitarle a su vez el suyo, por turnos, como en toda academia bien ordenada. Suena la bocina. Es la hora del café con leche.

Que la literatura salte y corra y se arrastre por el fango, si quiere. Que se equivoque y se extravíe, que cave galerías a ciegas. A veces se hundirá el suelo bajo nuestros pies, otras veces llegaremos a ciudades inexploradas. El lenguaje que no se mide de vez en cuando con los hechos acaba por ser un lenguaje muerto.