Ya me he traicionado dos veces. Los vecinos han podido ver asomarse mi cara, pálida como la de un ahogado.
¡Peor para mí! ¡Si me detienen, que me detengan!
Estoy en paz conmigo mismo.
Sé, ahora, a fuerza de haber pensado en silencio, con la mirada fija en el horizonte sobre el patíbulo de Satory —¡nuestro crucifijo!—, que el furor de las multitudes es el crimen de la gente honrada, y ya no sufro por mi memoria, llena de humo y manchada de sangre.
El insurrecto,
de Jules Vallès